Si quieres que los españoles compren más coches eléctricos, sube el gasoil. Eso, en esencia, es lo que concluye un estudio publicado este año en la revista Energy Economics por investigadores de la Universidad de Coimbra. El análisis examina los factores que han impulsado la adopción del vehículo eléctrico de batería (BEV) en los países de la UE entre 2014 y 2023, y el resultado desafía algunos de los argumentos más repetidos en el debate sobre la transición.
El precio de la luz no mueve el mercado
La conclusión más llamativa del estudio es también la más incómoda para quienes llevan años argumentando que la electricidad cara frena la electrificación del transporte. Según los autores, el precio de la electricidad no resulta estadísticamente significativo como factor determinante de la compra de vehículos eléctricos. Dicho de otro modo: que la luz esté cara o barata no parece influir de manera relevante en si un conductor europeo acaba comprando un eléctrico o no.
Lo que sí importa es el precio del combustible fósil. Y con matiz: los precios del diésel tienen un efecto asimétrico. Cuando el gasoil sube, la compra de BEV aumenta. Pero cuando lo que sube es la gasolina, los consumidores tienden a decantarse por los híbridos, no por el eléctrico puro.
El eléctrico no se compra porque la electricidad sea barata: se compra cuando el conductor puede permitírselo
En España, esto adquiere una dimensión concreta. A 20 de abril de 2026, el precio del diésel en España se sitúa en 1,779 €/l, frente a 1,512 €/l de la gasolina de 95 octanos. El diésel, que históricamente había sido el combustible más barato, lleva años por encima de la gasolina: una inversión que el estudio sugiere que podría estar empujando silenciosamente hacia el eléctrico a los conductores que más kilómetros hacen.
La barrera real sigue siendo el precio del coche
A largo plazo, el PIB per cápita muestra la mayor elasticidad de todos los factores analizados. Y la diferencia de precio entre los BEV y los vehículos de combustión sigue siendo la principal barrera, tanto a corto como a largo plazo.
Que el nivel de ingresos sea el predictor más robusto de la adopción no es una sorpresa. Sí lo es que el estudio lo cuantifique con tanta claridad frente al resto de variables. El eléctrico no se compra porque la electricidad sea barata: se compra cuando el conductor puede permitírselo, y cuando el combustible alternativo le duele lo suficiente en el bolsillo.
La infraestructura de carga: útil, pero no suficiente
El tercer hallazgo relevante del estudio afecta directamente a la política de inversión en puntos de recarga. La infraestructura de carga influye en la adopción solo a corto plazo, y su efecto se diluye a medida que las redes se expanden.
Esto no significa que los puntos de carga no importen. Significa que actúan como catalizador en las fases iniciales del mercado, cuando la falta de red genera inseguridad en el comprador. Una vez que la red alcanza cierta densidad, deja de ser el argumento decisivo. España, que sigue con una red pública rala en muchas provincias, aún podría beneficiarse de ese efecto dinamizador.
Comentario ElecTrips
El debate en España sobre el vehículo eléctrico lleva demasiado tiempo atascado en el precio de la electricidad. Es un argumento fácil, visible en la factura y políticamente cómodo. Pero este estudio, con diez años de datos de toda la UE, dice algo diferente: lo que más mueve al comprador es el dolor en el surtidor de gasoil y la capacidad económica de llegar al concesionario. El problema no es recargar: es poder comprar.




